Nadie dio nada por la película Casablanca, filmada en tan sólo dos meses. Sin embargo, el tiempo la convirtió en ícono con el peso inexorable del amor.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral.

Los tiempos cobijan, contienen pequeñas partes o muchas que marcan cada una de ellas, estableciendo una tendencia que sus comportamientos definen y estilan. Tal vez hasta no hace mucho, los afectos tenían real importancia que definían estilos en cada una de las actitudes normales, que enmarcaban el amor en definitiva. Pero el amor a borbotones, no de a poquito, sino real, vital, buscado y añorado, por encima de toda otra cosa.
Las novelas de tono rosa eran una constante. Las películas, reservorio de pañuelos generosos como consecuencia de ellas, hablan a las claras, enfáticamente de su impacto, necesidad y urgencia. Muchas de ellas han contribuido a la magia pletórica que los afectos hecho amor, no sólo aportaban sino lo fortalecían.
Hace muy poco, más precisamente el 26 de noviembre, se celebraron los 75 años de una película emblema del amor proclamado: Casablanca. Esta producción de Michael Curtiz con el sello inconfundible de la Warner Brothers, realizó una tarea incansable para digerir de alguna manera la guerra que se estaba desarrollando en Europa para erradicar el nazismo. Fue justamente en el año 1942, cuando en el Cine Hollywood de la ciudad de Nueva York, se llevó a cabo la gran premier de una película de la que al principio no se esperaba nada más que entretuviera. Sin embargo, el libreto original realizado para una obra teatral para estrenarla en Broadway, “Everybody comes to Rick’s” de Murray Burnet y Joan Alison, fue comprado para adaptarla al cine. Dos actores disímiles, uno venido de policiales como Humprey Bogart, y la otra de películas con mayor soporte dramático como la sueca Ingrid Bergman, quienes reemplazaron a los protagonistas que fueron pensados originalmente, Ronald Reagan y Hedy Lamarr. No obstante, la respuesta casi siempre sabia del público, coronó a Casablanca como un éxito feroz, integrando en su tándem del elenco a Paul Henreid, Peter Lorre y Claude Rains. Pensar en Casablanca como amor a primera vista, es comenzar a susurrar la melodía exquisita de Max Steiner, “Según pasan los años”.
Ese apego por las cosas románticas generó el tuteo por la galantería como virtud natural, las buenas palabras repletas de afectos. No sólo el cine se consolidó como fuente de encuentro para soñar y construir todo un arte en las relaciones interpersonales, también la música como comunicadora masiva logró expandir el gusto por ella y la pasión por las grandes obras que la constituyeron. Alguien que aportó talento y se constituyó  en el máximo referente musical de los Estados Unidos, sin dudas ha sido George Gershwin. Un privilegiado músico nacido en Brooklyn de la ciudad de Nueva York, hijo de inmigrantes rusos, que siendo autodidacta logró dominar el piano y luego perfeccionarlo con la ayuda monetaria de su padre. Tuvo como profesor a Charles Hambitzer, quien le enseñó la música de los grandes, teniendo George Gershwin como referentes a Jerome Kern e Irving Berlin. Entre sus grandes obras se puede citar “Rapsodia in blue”, “Un americano en París”, como así lo máximo, la ópera “Porgy and Bess”. Pero ya sean de obras integrales como de creaciones unitarias, Gershwin transmitió amor en cada una de ellas: “Tengo rítmo”, “El hombre que amo”, “Summertime”, “Somebody loves me”. Siendo su hermano Ira, quien le ponía poesía a su gran obra musical.
Lo coincidente entre música y cine es el culto saludable en principio hacia el romanticismo como forma irreemplazable de una época mucho más afectiva, donde el femicidio era lo extremo y lo raro entre hombre y mujer, ya que el amor, el respeto, la conciencia, la propia sensibilidad primaban antes que nada. Pero también es cierto que permitió cultivar la buena música popular, porque eran logros populares, donde el excelente gusto hacía que los creadores pusieran lo mejor de sí, por lograr como lo han hecho, esa perpetuidad de calidad que los públicos consagran otorgándole vigencia justamente por excelentes.
Es triste. Es lamentable esa pérdida irremediable de lo romántico, cuyo curso no sólo permitía una inmejorable relación, sino también cultivar la elección de temas musicales como de películas donde lo artístico supera todo lo previsible. Una costumbre alterada por tiempos violentos en que la demencia ordena una cultura sustituta, ajena a la búsqueda de lo hecho a conciencia, convirtiendo el gusto popular en un remedo atroz donde la inmediatez y lo banal destruye y hace añicos los principios esenciales. 
Ser románticos, selectivos en la búsqueda cultural, no es pasado porque tendría que ser presente para que la armonía ponga todo en su lugar y vuelva al justo equilibrio, en que criterio y razón fueron respuesta popular.
Tal vez, antes de que caiga el telón, podríamos terminar con las frases que quedaron para siempre y que se dijeron en la película Casablanca:
“Tócala otra vez Sam”, (le decían a Sam el pianista del Café de Rick’s). “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. En medio de las crisis, siempre aflora el amor. Todo depende de cómo lo miremos “según pasan los años”.

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