El malvinero fue uno de los puntales de la primera época, la más difícil, de la entidad del sector cuando empezaron a demandar un reconocimiento estatal en la oscura posguerra. Su familia y camaradas lo recuerdan como un entusiasta promotor de unidad y gestión. En los últimos años, se destacó como recopilador de datos específicos sobre Malvinas y los ex conscriptos.

 

Gustavo Lescano
glescano@ellitoral.com.ar

Antonio convertía una de las habitaciones de su casa en una especie de centro de comando. Allí solía pasar noches enteras frente a la PC conectada a Internet, como en una solitaria trinchera, malvinizando. Porque hay muchas maneras de tener presente la causa Malvinas y él había encontrado esa veta que ofrece el mundo de hoy para informar. Las armas con que se lucha son esenciales, pero todo se hace más difícil si no se tiene motivos sólidos para seguir en el combate permanente, por uno mismo y por los demás. Eso tenía Millán.
Para él, que en la última década y media operaba la página web del Centro de Ex Soldados Combatientes en Malvinas, era fundamental ofrecer datos precisos para aclarar el panorama malvinero, y para que las nuevas generaciones sepan de primera mano lo que sucedió.
La historia de luchas de este ex combatiente correntino se inició apenas volvieron de las islas, ocultos a los ojos de la sociedad por una Dictadura resquebrajada y en retirada. Y aunque en ese tiempo estaba lejos de los bytes y de la red de redes que  lo atraparon fervorosamente en los años 2000,  el Antonio de 1982 ya entendió que lo básico de ese tiempo de orfandad estatal era la unidad de los ex soldados malvineros. A partir de eso surgieron las batallas para plantear los reclamos en conjunto por contención, por reconocimiento.
Tanto lo entendió así que aquel joven aguilucho de 18 años, con los enormes anteojos que siempre lo caracterizaron, se convirtió a finales del 82 en el primer presidente del Centro de Ex Soldados Combatientes en Malvinas de Corrientes (Cescem), un nuevo puesto de lucha en el que estuvo acompañado por otros referentes del sector como su amigo Alberto Rebollar y Orlando Pascua. Fue el comienzo de los años más difíciles como organización y él fue al frente. 
Así siempre se mostró Millán, incluso cuando en los 2000 se atrincheró frente al monitor expandiendo valiosa recopilación de datos malvineros.
Sin embargo, hace casi un mes, el 18 de noviembre, Antonio Millar falleció tras afrontar un grave problema de salud durante un año, como una última batalla en su vida, esta vez contra las secuelas de aquel infaltable cigarrillo entre los dedos que también lo caracterizaba, tanto como sus charlas extensas y esa carcajada amiga que retumbaba en los encuentros con sus pares.
 Guerra eterna
“Una semana antes de cada 2 de abril, ya solía andar cabizbajo, no decía nada, salvo si veía en la tele algún informe o documental en que hablaban de Malvinas con datos que consideraba erróneos, porque él sabía exactamente quién era ex combatiente y quién no”, recordó Lidia Mercedes Colombo, la esposa de Millán. Ella lo conoció muy bien con seis años de noviazgo y los 25 años de matrimonio que cumplieron en febrero último, que lo celebraron a pura sonrisa junto con sus tres hijas.
Lidia señaló que Antonio era reservado al hablar de Malvinas, como teniendo un dolor interno que se intensificaba con los recuerdos. Lo que se sabe es que el correntino capitalino viajó a las islas con el regimiento de Curuzú Cuatiá y, en principio, estuvo apostado en custodias a casas de jerarcas, pero después lo mandaron a las trincheras. En los refugios sobrevivió a noches de bombardeos y balaceras, difíciles de olvidar.
“Al finalizar la guerra, recordaba Antonio, volvieron en silencio y muy poca gente sabía que regresaba al país. Y así él llegó de sorpresa a su casa”, relató a El Litoral la esposa.
La posguerra siguió siendo un infierno para muchos ex combatientes, pero en el caso de Millán la situación lo llevó a ponerse en la primera fila para reclamar reconocimiento estatal y contención social. Con esa consigna, pocos meses después de la vuelta al continente, fue uno de los socios fundadores de la entidad malvinera local. “Cuando lo designaron primer presidente, su compromiso fue tal que dejó la carrera de Ingeniería para tener dedicación permanente en su función de dirigente, incluso poniendo plata de su bolsillo y de su familia para aportar al funcionamiento del Cescem”, resaltó José Galván, actual titular de la entidad y presidente de la Coordinadora Provincial de Centros de Ex Combatientes de Corrientes.
A mediados de los 80, encabezaron varias luchas sectoriales consiguiendo algunos primeros logros, como trabajo y viviendas. “Antonio obtuvo muchas cosas para los ex combatientes, era muy generoso, tanto que en la primera entrega de casa para malvineros otorgada por la Provincia, él rechazó la que nos tocaba para que se la dieran a alguien que lo necesitaba con más urgencia. Recién en la segunda tanda de viviendas nos tocó a nosotros”, señaló Lidia.
“Lo que más bronca le daba sobre la cuestión Malvinas es que no se los reconocía como ex combatientes, no se los quería ver como tal, además de los múltiples obstáculos que encontraban en el camino en busca de beneficios sociales y empleo”, apuntó la esposa de Millán.
Como presidente del centro estuvo desde fines de 1982 hasta 1991. “Lo desvelaba no poder lograr beneficios inmediatos para los camaradas y demostraba su gran empeño en poner todo su esfuerzo para seguir en la lucha”, lo describió Galván, quien confiesa que al hablar de él se le viene a la mente una imagen particular atesorada en un video de la época. En la filmación, Millán aparece encabezando una de las marchas en reclamo de pensión provincial, con banderas y cánticos por las calles correntinas, a principios de los 2000. Todo un símbolo del sello Millán.
 
Cartas a mamá
Lidia también recordó que la madre de Antonio, Dora Pura Cruz -fallecida hace dos o tres años-, atesoraba las cartas que el malvinero le escribió en las islas, describiendo esos momentos tensos, pero manteniendo el optimismo y seguramente hablándole del regreso a casa, donde lo esperaba también su papá Mario Millán (sus hermanos Mario y Manuel completan la familia).
En la capital provincial, Antonio fue al Colegio Misericordia y después al Industrial, de ahí su pasión por la técnica y la creatividad para algunos oficios, como carpintería. “Pero su gran cable a tierra era la pesca; era su momento especial: tenía lancha y cientos de reeles y cañas”, acotó Lidia.
En paralelo a sus luchas y victorias malvineras, el matrimonio tuvo tres hijas: Valeria Soledad (24), Malvinas de las Mercedes (22) y Lidia Anaclara (20). “Era muy compañero con ellas, nunca les decía que no a sus pedidos: eran su adoración”, resumió Lidia secándose las lágrimas.
Recordarlo, emociona. También estremece rememorar cómo lo apasionaba Malvinas; ver todo lo que dejó como principal dirigente del sector; ver todo lo que después, como socio, aportó con su sagacidad para manejar registros de ex combatientes y aclarar la historia.
La parla, la risa y ese justo consejo en aquellas charlas enmarcadas por el humo de su cigarrillo se extrañarán. Y mucho. Pero queda su legado, el de la lucha eterna del malvinero.

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