Es la mayor ciudad del mundo a la que no se puede acceder por carretera y, ahora, busca en el turismo un nuevo maná que la permita recuperar la pujanza que tuvo a principios del siglo XX, cuando la efímera industria del caucho la convirtió en uno de los lugares más ricos del planeta.

Por Alvarado Mellizo
Para Efe Tur 
Ubicada en el corazón de la amazonía peruana, junto al gran río que da nombre a la jungla más grande del planeta y a cinco días en barco del primer camino accesible para un automóvil, Iquitos vive hoy lejos de la gloria alcanzada entre 1880 y 1914, cuando la explotación del caucho generó de la nada inmensas fortunas que también desaparecieron de la noche a la mañana junto con esa industria. En esa época, miles de migrantes de todo el mundo llegaron a Iquitos y transformaron en ciudad lo que era una pequeña aldea aislada en la inmensidad de la selva.

El boom del caucho
“Cuando arranca el boom del caucho, a mediados de 1880, el poblado se convirtió en una minimetrópolis en base a la economía del caucho. Era un bien esencial para industrias como la automotriz, y el caucho que se embarcaba en Iquitos se vendía a empresas como la Ford para hacer neumáticos”, explicó Dick Rengifo, guía turístico de la ciudad.
Fruto de esa industria, que explotaba salvajemente a los indígenas amazónicos para recolectar y transportar el caucho hasta los embarcaderos de Iquitos, desde donde salía directamente rumbo a Europa y los EE.UU, la ciudad selvática se llenó de símbolos de poder económico y estatus cuyos fantasmas aún se ven por la ciudad.
Las fotografías de la época muestran poderosos paseando con trajes y sombreros parisinos bajo el abrasador sol ecuatorial, disfrutando de cócteles y cafés en el Hotel Palace, un atípico edificio para la selva que lleva los rasgos inconfundibles del modernismo catalán.
Otro resto de la época de gloria es la Casa de Fierro, una construcción prefabricada diseñada por Gustav Eiffel, y que se quedó en la ciudad por capricho de un acaudalado, el tipo de personajes que inspiraron la película Fitzcarraldo de Werner Herzog, la que mejor narra el auge y caída de los caucheros en el Perú.
“El caucho desaparece por los atropellos a los indígenas, la creación del caucho sintético y la producción del látex de caucho en plantaciones en Asia, de más fácil explotación. A partir de 1914 las élites desaparecieron de la ciudad y ya a mediados de 1915 volvió a ser una ciudad aislada en lo económico y en lo geográfico”, explicó Rengifo.
Tras el caucho, Iquitos vivió varios “renacimientos” vinculados a productos como el barbasco, un biocida para grandes plantaciones que murió con el surgimiento de los insecticidas químicos, o el petróleo, que a partir de 1935 permitió a la ciudad mantener cierto impulso económico.
En 2015, en la zona de Iquitos quedó tan solo un pozo en explotación debido a sus altos costos y falta de madurez de las reservas, lo que ha dejado a la ciudad en manos del turismo.
Las proyecciones para hacer de esta industria el motor económico de Iquitos son buenas, y desde el Gobierno peruano, como explicó el viceministro de Turismo Roger Valencia, pasa por impulsar un sector que deberá ser “necesariamente sostenible”.

Turismo en Iquitos
“Nuestro mensaje para el sector turístico es que Perú le dice al mundo que es un país diverso, que tiene la mejor conservación de la Amazonía. Los ecosistemas de Perú, el valor de la conservación de la naturaleza y el cuidado de la misma son rasgos que se ponen como valor al mundo, no solo como producto turístico sino como servicios de cuidado al medio ambiente”, afirmó Valencia.
El éxito de esta industria es evidente, con los paseos de la ciudad ahora repletos de viajeros que llegan al lugar en busca de aventuras, vida salvaje y el misticismo del río Amazonas.
Sin embargo, al igual que el caucho y su explotación criminal de los indígenas, el turismo también ha puesto en evidencia un punto negro en Iquitos: la explotación sexual infantil. Pese a los esfuerzos de las autoridades, la ciudad es uno de los destinos principales del turismo sexual del planeta, en donde la pobreza y la pasividad social permiten el sistemático abuso de cientos de menores.

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