La caída de algunos puentes es hoy la expresión más reciente de una eterna forma de concebir la realidad y la política. Reaccionar tarde se ha convertido en una rutina inaceptable. Ni siquiera se hace autocrítica, ni tampoco se intenta aprender.

Por Alberto Medina Méndez
 amedinamendez@gmail.com

La proximidad de ciertos hechos invita a tomarlos como referencia. La imagen de los puentes cuyas estructuras cedieron, están frescas en la memoria de todos, pero es indudable que esa es sólo una muestra más de un esquema que se repite indefinidamente y desde hace bastante tiempo. 
La ciudadanía se ha acostumbrado a que los gobiernos no dediquen ni esfuerzos ni recursos a prevenir inconvenientes que consideran esporádicos. Sólo los toman en cuenta cuando ellos emergen con suficiente potencia y se hacen demasiado evidentes e inocultables como para poder esquivarlos.
Abundan ejemplos en la región de eventos similares a estos en el pasado. Tienen características diferentes, pero también incontables puntos de contacto. Fueron situaciones que se pudieron evitar, pero que finalmente ocurrieron, algunas veces, inclusive con consecuencias dramáticas. A ciertos funcionarios les encanta hablar de imponderables y describir estos sucesos como inesperados, como si se tratara de fenómenos naturales de dimensiones devastadoras y absolutamente impredecibles. Nada más alejado de la realidad. En la mayoría de los casos no ha sido esa la historia.
Sólo intentan minimizar sus responsabilidades, mirar hacia otro lado y hacerse los distraídos para no pagar el costo político que les podría corresponder por trances como estos, en vez de tomar nota para impedir que se puedan repetir en el futuro cercano, multiplicando los daños. Está claro que en estas sociedades la cultura no es precisamente preventiva. Esto no sucede casi en ningún ámbito, ni en el sector privado ni mucho menos en las esferas estatales, pero eso no puede ser un consuelo. La ausencia de sentido común, una importante dosis de imprudencia y la conducta negligente de quienes toman decisiones son los ingredientes ideales de este cóctel que suele convertirse en la tormenta perfecta.
Claro que pueden ocurrir hechos impensados, pero aun frente a esos casos es necesario realizar una evaluación integral del infortunio para luego hacer la imprescindible autocrítica y analizar en profundidad todo el proceso.
Cuando se comprende lo ocurrido se pueden identificar los aspectos que se ignoraron, las acciones que se omitieron y ciertos parámetros que no se sopesaron apropiadamente. Una correcta valoración servirá para, al menos, no volver a tropezar con la misma piedra nuevamente.
Eso no sólo requiere de inteligencia, sino de una humildad explicita que surge cuando se logra entender que existe la posibilidad concreta de cometer errores. Lo que no resulta razonable es repetirlos sin cesar. Los más arrogantes, sólo buscarán su tradicional arsenal de excusas para desplegarlo oportunamente dando múltiples explicaciones de la mano de rimbombantes discursos, intentando siempre endilgarle su propia responsabilidad a otra jurisdicción o áreas diferentes del mismo gobierno. Es muy importante tener la suficiente vocación para aprender. Una postura positiva que implica reconocer los yerros e implementar protocolos que permitan detectar las alarmas con suficiente anticipación, como para asegurar que esos eventos no se reiteren cíclicamente.
Sólo así es posible trabajar para evitar que las calamidades se naturalicen y formen parte de la cotidianeidad. Este tipo de acontecimientos no pueden aceptarse con tanta displicencia. Hacerlo tan relajadamente es un síntoma de manifiesta inmadurez y obscena ineptitud. 
Si la sociedad se animara a cambiar este modo de aceptar con tanta resignación sus problemas, cabría una esperanza para modificar rumbos. Si se comprendiera que las fatalidades son incidentes casi inevitables y muy diferentes, que no se corresponden con estos últimos hechos, se podría avanzar en otra dirección con suficiente determinación. Muchos optan por ser extremadamente benévolos y describen estos sucesos como meros accidentes. Claramente no se trata de tal cosa. Estos podrían haberse eludido si se hubieran hecho las previsiones más elementales. Se podría decir mucho sobre lo ocurrido, pero ahora es tiempo de asumir responsabilidades, de hacer la necesaria autocrítica y sobre todo de ponerse a trabajar en un aprendizaje que permita establecer nuevas líneas de acción para que estas desgracias no sean, otra vez, tapa de los diarios.
No sirve llorar sobre la leche derramada. Hay que tener una actitud adecuada frente a la realidad. La sensatez de los dirigentes debe aparecer para poner un poco de cordura frente a tanto desmadre y desazón. Como siempre, la sociedad debe también aportar su cuota de racionalidad. Son los ciudadanos los que deben exigir que la discusión no se quede en la anécdota convirtiendo a todos en meros relatores de lo ocurrido.
Es ahora cuando la gente debe demandar soluciones sustentables que garanticen que los percances no serán habituales y que en el futuro no se reincidirá por desidia. Es tiempo de ponerse firmes y de hacer lo correcto.

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