“Cuando llegamos a las cuatro de la mañana estaba lloviendo. Me fui y le dije a la Virgencita, vos sabés que necesito pagar mis cuentas, por favor ayudame. Después dejó de llover y podemos vender botellas con agua bendita”, afirmó María Ester Gómez, quien junto a su nieta trataban de resguardarse del frío. Y mientras acariciaba el cabello de su descendiente, recordó con emoción “Desde los ocho años trabajo y la Virgencita nunca me abandonó. Nunca le faltó el pan a mis hijos”. 

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