Malvinas les duele y los une como papá e hija. En víspera del Día de Padre contaron su historia a El Litoral. El malvinero fue a la guerra cuando ella apenas tenía cinco meses y junto a la madre permanecían en Estación Solari. La vuelta a casa, la dura posguerra y la enseñanza de luchar siempre, se conjugaron en una charla de admiración mutua.

 

Gustavo Lescano
glescano@ellitoral.com.ar

 

El se amplifica con cada anécdota de la guerra, ella no deja de mirarlo con admiración. El lagrimea por las pesadillas de la posguerra, ella también. Malvinas les duele y los une como padre e hija.
Mario y Mirna hacen de lo más triste algo esperanzador. Es como un legado que el ex combatiente comparte con su heredera, aquella que en 1982, cuando el papá fue a combatir al Sur, apenas tenía cinco meses. Ella era junto con su mamá Mónica, el desvelo de aquel solitario hombre de la trinchera que buscaba sobrevivir al infierno para algún día, cuando todo terminara, estar de vuelta con ellas en el pequeño pueblo de Estación Solari.
En sus cartas de guerra, aquellas que nunca llegaron a destino, les decía que estaba bien, que se quedaran tranquilas y que pronto se reencontrarían… La emoción lo corta en seco cuando recuerda ese momento, 35 años después.
En la víspera del Día del Padre y con inigualable gesticulación y sonrisa eterna, Mario Sánchez comienza la entrevista contando lo que afrontó en Malvinas. Luego se refiere a su beba de Solari, su mujer, sus pares y hasta de su pícaro nieto Alvaro, “la luz de mis ojos”, dice el malvinero y se derrite a los pies del pequeño. Mismo cariño muestra cuando con Mirna coinciden en lágrimas al contar cuanto las extrañaba estando en las islas. También se emociona al describir aquel día en que tocó fondo durante la posguerra del olvido, cuando los bombardeos en la cabeza no lo dejaban dormir, cuando peligró su salud al descompensarse en el trabajo y despertar en la sala de un hospital. Logró sobrevivir una vez más, aferrado a su familia, como en la guerra.
El padre habla de su hija y ella de él, pero la admiración entre ambos se percibe con mayor claridad en las miradas y en los silencios que se dieron a lo largo del encuentro con El Litoral en el que se lo homenajea por el Día del Padre y a través de su caso a todos los ex combatientes.
“Estoy recontra orgullosa de él y es nuestro héroe”, afirma Mirna mientras le pasa un mate al papá. “De la guerra nunca habló en profundidad, pero cada vez que decía algo al respecto, lejos de borrarle la sonrisa, él estaba alegre. De las cosas feas saca siempre alguna broma, y descomprime la situación. Ese es mi padre”, resume.
“Destaco la lucha permanente en su vida. Junto con mi mamá me dieron todo…”, dice ante que las lágrimas le hagan un nudo en la garganta. “Me emociona… porque ellos, siendo tan jóvenes, nos dieron todo. Los tres hijos hoy somos profesionales: la más chica se recibió hace dos días de kinesióloga. Es admirable porque con lo que tenían, con lo que podían, nos dieron todo lo que necesitamos”, subraya secándose las mejillas.
“Mis padres nos regalaron su esencia, siendo buenas personas. Con poco nos dieron mucho”, sintetiza.

 

En Malvinas mi cabeza estaba en mi hija, mi familia, lo mío. En las cartas escribía eso, les decía que estaba bien y jamás les conté las penurias que estábamos pasando allá.

Del pueblito al infierno
A Mario Sánchez le dieron la baja en la colimba el 10 de noviembre de 1981. Sólo 19 días después vio nacer a su primera hija, Mirna. Junto a su mujer Mónica -en ese entonces de 16 años- vivían en Estación Solari, en el actual municipio de Mariano I. Loza, a pocos kilómetros de la ciudad de Mercedes. El trabajaba de cadete en una empresa de la vecina localidad de Curuzú Cuatiá hasta que en abril de 82 lo convocan para ir a la guerra. Se presenta presuroso y un par de días después los trasladan al Sur. “Sabía lo que se venía”, dice en la charla y acota que “pasamos a integrar la reserva con la compañía B del Regimiento 12 de Mercedes”.
En Malvinas resguardaron los helicópteros que transportaba a las tropas, uno de los blancos iniciales de los ingleses. A poco de estar en la zona de conflicto llovieron las bombas. “El 25 de mayo estábamos en formación y se hace una misa. Pero en ese momento comienzan los ataques de aviones ingleses, nos dispersamos como pudimos y todo era un caos”, recuerda.
Sin embargo el primer bombardeo y más aturdidor lo afrontaron antes, a principios de mayo, cerca de Puerto Argentino (Ver “La noche…”). “Ahí recién tomamos conciencia de que estábamos en guerra: fue el primer bombardeo y empezamos a temblar como hojas”, grafica.
“Después de esa situación, no me acuerdo de los lugares en que estuvimos. Trato de olvidarlo. No hablo de la guerra cuando estoy con ex combatientes, prefiero olvidar. Sólo hablo como anécdota en tono de broma”, afirma.
En este tramo de la entrevista recuerda a un soldado de apellido Valenzuela, de Laguna Brava, quien cayó herido y le pedía ayuda. “Me hablaba en guaraní, diciéndome que no lo abandone. El era de contextura grande, y yo apenas tenía 50 kilos: era muy difícil que lo pueda mover”, relata.
Ese día cayeron prisioneros en Darwin. “Eran horas de mucha confusión, general y personal, pero después de mucho tiempo pudimos dormir bajo techo: estábamos en un establo de ovejas”, indica y como trasladándose en los recuerdo dice: “Mi cabeza estaba en mi hija, mi familia, en lo mío. En las cartas escribía eso, les decía que estaba bien y jamás les conté las penurias que estábamos pasando allá. Hoy no sé dónde está esa carta que mandé de Malvinas. Allí les decía que iba a volver, que íbamos a estar los tres juntos…”. La imagen de su familia en Solari parecía estar frente a sus ojos marrones, que quedaron clavados en el suelo. Imposible seguir hablando, no al menos por los próximos cuatro segundos.

De la guerra él hablaba poco, pero siempre lejos de borrarle la sonrisa permanece alegre. De las cosas feas, mi papá siempre saca alguna broma y descomprime la situación. Es único.


Recuperado, Mario recuerda que siendo prisioneros de guerra los llevaron en buque hasta Montevideo. “En esos momentos estaba cayendo Puerto Argentino y fue el día en que Argentina debutaba en el Mundial 82”, rememora. Del Uruguay los cruzaron a Buenos Aires. “Estuvimos una semana en Campo de Mayo. Nos dieron ropa nueva, nos dieron de comer. Mi alegría era tremenda, porque mi objetivo ya era mi familia”, insiste.

Volver justo el Día del Padre
El 20 de junio del 82, Día del Padre casualmente, llegó a Mercedes junto a sus pares. “Era el reencuentro, la felicidad plena. Me esperaba mi hermano en la estación y fuimos en auto hasta Solari donde finalmente pude ver a mi mujer y a mi beba”.

-¿Cómo pudiste reiniciar tu vida después del infierno?
Todo fue muy complicado. Después de estar con mi familia me fui a Curuzú y renuncié a mi laburo. Entonces, viajé para acá, para Corrientes Capital. Vine solo y me alojé en la casa de mi hermano que estaba radicado en la ciudad. No lo tenía pensado, pero mi hermano me había dicho que viniera para hacerme un chequeo médico. Yo estaba muy mal, no me daba cuenta que estaba como perdido… era muy joven.

La posguerra fue durísima para Mario, como ocurrió con tantos ex combatientes arrojados al olvido. “Muchas cosas hubieran cambiado si teníamos contención en ese momento. Había que convivir con eso”, dice. “Eso”, eran las secuelas de la guerra.
“El Estado nos abandonó y nos dijeron: ‘Muchas gracias por los servicios prestados y arréglense como puedan”, sostiene con mucha bronca.
Durante su estadía en la capital correntina, Mario logró conseguir trabajo y a partir de ahí comenzó a diagramar el volver a estar junto con su familia. “Entré a trabajar en el diario Epoca en la parte de Fotomecánica, y más tarde también pude ingresar al Ioscor. De esa manera trabajaba a la mañana y en la tarde-noche”, indica para luego acentuar: “Eso hizo que esté ocupado todo el día y olvidara lo malo de la guerra. Además, casi todos los fines de semana viajaban a ver a mi mujer y a mi hija. Después, ya en mejores condiciones económicas, me casé y pude traerlas a Capital”.
En esos momentos difíciles “siempre dije que era ex combatientes, nunca lo negué. Aunque lo que me molestaba era que me digan héroe, porque no lo soy. Héroes son otros. Nosotros perdimos la guerra”, afirma y su hija le sale al cruce en la charla: “Esa es una lectura tuya, porque ustedes combatieron por nosotros y sin nada”. El padre acepta esa condición.

De golpe me encontré lagrimeando y los chicos llorando conmigo... Cuando terminó hasta me pidieron autógrafos los gurises… Salí quebrado, pero recontra emocionado.

 

-¿Y cómo lograste ordenar tu cabeza?
Con el laburo, porque fue una gran ayuda. Laburada en dos lados, llegaba cansado a casa y dormía. Yo era de dormir poco, sobre todo en la posguerra: a veces amanecía despierto.
Sin embargo, una noche, a los dos o tres años de haber vuelto de la guerra, trabajando en el diario empecé a convulsionar, de la nada. Me desperté en el Hospital Escuela y de ahí me llevaron al Sanatorio Norte. Allí vuelvo a convulsionar. Me hicieron estudios de todo tipo, estuve en terapia muchos días pero nunca me encontraron nada.
Nunca más me pasó eso. Estuve con tratamiento psiquiátrico, me medicaron y no fui a trabajar por un tiempo. Luego me recuperé a pura fuerza de voluntad. Mi mujer estuvo todo el tiempo a mi lado y con ella tuvimos otros dos hijos más. Ayer y hoy mi familia fue mi gran sostén.

El papá héroe
Mirna Rocío le clava la mirada al padre apenas escucha la pregunta: “¿Aunque no quiera que le digan así, él es tu héroe?”. No duda en responder: “Yo estoy recontra orgullosa de él. Seguro que sí, es nuestro héroe. Hablo por mí, por mis hermanos y por su ahijada que tanto lo quiere”.
Aún sin dejar de mirarlo agrega: “Destaco la lucha, tanto de él como de mi mamá, que me dieron todo…”, afirma y las lágrimas brotan. “Me emociona… ellos, siendo tan chicos, nos dieron todo y hoy sus tres hijos somos profesionales. Con lo que tenían, con lo que podían nos dieron lo que necesitamos”.
Entiende que en particular “nos regalaron su esencia, siendo buenas personas. Con poco nos dieron mucho”, subraya.
Malvinas siempre estuvo en la casa de las Mil Viviendas donde los Sánchez crecieron con una sonrisa infaltable, marca registrada del padre. “De la guerra hablaba poco, pero siempre lejos de borrarle la sonrisa él permanece alegre. Es que de las cosas feas, siempre saca alguna broma y descomprime la situación. Es único”, dice orgullosa.
En su caso, “cuando iba creciendo me empezaba a dar cuenta de todo lo malo que los ex combatientes pasaron”, indica.
“Recién ahora él está un poco más abierto a hablar de Malvinas. O capaz somos más grandes y comprendemos más y por eso le preguntamos más. Pero siempre suele contar cosas muy puntuales”, insiste y vuelve a destacar el perfil de luchador de Mario.
“Ella es la que más se parece a mí”, interrumpe el malvinero e insiste: “Es parecida en ser positiva, en lo tenaz, en su lucha diaria, en ir al frente constantemente”. Al respecto explica que “siempre aprendí que la mejor prédica es el ejemplo. Y que aprendan que a la vida hay que pelearla todos los días”, sostiene.
“Es lo que trato de inculcar también a mi hijo junto con mi marido”, completa ella.

 

Además de Mirna Rocío, Mario tiene con su esposa Mónica otros dos hijos más: Matías, que le dio hace poco una nieta, y Florencia, quien se recibió de kinesióloga. Alvaro es el primer nieto.

 

Un antes y un después
“Malvinas me hizo madurar tremendamente. Antes era un muchacho común, con familia, pero que no tomaba real conciencia de todo: tenía sólo 19 años. Después de la guerra, y creo que a todos los ex combatientes les pasó eso, mi vida hizo un giro de 180 grados”, recuerda.
En este sentido reflexiona: “Con los años fui consciente de lo revolucionado que estaba después de la guerra de Malvinas. Ahora, ya grande, mi sobrino de Capital me cuenta que dormía con los ojos abiertos, que hablaba por las noches. Estaba muy mal”, advierte.

-¿Cuando se habla de Malvinas, qué es lo primero que pensás?
Sé que hay algo que no me cierra... Es un dolor permanente que tengo. Por eso a veces evito reuniones con mis pares. ¿Qué es lo que no me cierra? No lo sé... Es algo que me pregunto y repregunto constantemente… Hice terapia y todo eso, pero mi mejor anclaje fue y es la familia. Lo mejor… es mi mundo.

La hija lo anima cuando las lágrimas quieren volver a brotar y coincide con el padre. “Tal vez viajando a Malvinas pueda cerrar el círculo”, dice y el papá responde: “No sé si será eso, o revolverá todo o puede ser peor. No sé… ese es también mi temor...”.

 

Mario también destacó una cualidad de su padre, que Mirna también lo subrayó al hablar de su papá: “La tenacidad en su laburo”, dijo el ex combatiente y su hija asintió en su caso.

 

El verdadero triunfo
“Nunca fui a charlas de ex combatientes en escuelas. Pero una vez me invitaron a un colegio porque me pidieron hablar de Malvinas. Frente a unos veinte alumnos me pasé hablando con mucha pasión, porque cuando relato lo que sucedió en la guerra lo hago con la verdad, y no a través de esas descripciones a lo Rambo”, diferencia.
“Frente al aula y hacia el final de la charla me encontré lagrimeando y los chicos llorando conmigo... Cuando terminó el encuentro  no cabía un alfiler en el curso y hasta me pidieron autógrafos los gurises… Salí quebrado, pero recontra emocionado”, subraya.
El silencio aturdidor por el quiebre emocional vuelve a inundar el living de los Sánchez por varios segundos.
Lo que le sucedió a Mario en esa charla con los chicos es tal vez una muy buena respuesta a su planteo sobre ser o no ser héroe por haber perdido la guerra.
Lo que las nuevas generaciones sienten y expresan sobre esta temática tan particular para los argentinos, sin dudas les marcan que ganaron: Malvinas emociona y se comparte el dolor de los ex combatientes. Eso es triunfar.

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