Por José Ceschi

¡Buen día! ¿Le gusta la soledad? Tal vez sí, tal vez no. Escuché por ahí que la soledad es un buen lugar para visitar, pero malo para quedarse.
Entre otras, hay dos clases de soledades: la positiva y la negativa. La primera nos gratifica, la segunda nos amarga.
La soledad positiva tiene muchas ventajas. “Al sentirme solo, razonaba Xavier Zubiri, me aparece la totalidad de cuanto hay, en tanto que me falta. En la verdadera soledad están los otros más presentes que nunca”. A su vez, Buber anotaba: “La soledad es también la fortaleza del aislamiento, en la que un hombre produce un diálogo consigo mismo. Por eso creo que no podemos vivir sin ella y tampoco quejarnos de su presencia”. Miguel Ortega pudo escribir con razón: “No tengas miedo de estar solo, de mirarte interiormente y de encontrarte en tu silencio. Ten miedo, eso sí, de ser un solitario, aislado de tus hermanos, desconfiado, sin amigos y sin comunicación”.
Ahí está precisamente la diferencia entre la soledad positiva y la negativa, entre la que se busca y la que se padece. La Biblia dice: “Llevaré al hombre a la soledad y allí le hablaré al corazón”. Pero es bíblico también aquel célebre lamento: “¡Ay de los solos!”.
Porque hay soledades que angustian. Como la de un anciano que se sentía tan solo, que puso un aviso en un diario con esta inscripción: “Mi teléfono no ha sonado durante dos semanas. ¿Vive alguien todavía?”.
En realidad, el mejor remedio de quien se siente solo es salir al encuentro de los otros. ¿Conoce los versos de Julio Arístides?
“Es necesario nada más que un salto / para librarse del abrazo de la angustia, / del cerco de sus tensas alambradas / en donde el ser transcurre prisionero / admirando el ombligo de sí mismo. / Uno está y no es (…) Uno vive y no es (…) / Es necesario nada más que un salto, / y descubrir a Dios recatado / en el silencio de los otros. / Un salto, solo un salto hacia los otros / para ser verdadero.
En una palabra, salir al encuentro de Dios, que siempre viene a nuestro encuentro en el rostro de un hermano que está solo.

¡Hasta mañana!

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