POR JOSE CESCHI

¡Buen día! Dice un proverbio chino: “Lo que salva al mundo es la humanidad de los que tienen la boca cerrada cuando se los insulta”.
 Y, como alguien escribió, “hay dos momentos en los que se debe tener la boca cerrada: cuando se nada y cuando se está enojado”.
Se esté enojado o no, aprender el arte del silencio es encontrar el camino hacia lo más profundo del ser humano.
“Dejadme gozar del silencio, porque es la voz de mi alma”, pedía Maeterlinck. Y mucho antes, el emprendedor romano Marco Aurelio escribió esta frase: “En ninguna parte hallará el hombre tranquilidad mayor que en su propia alma”. “Cada gota de silencio es la esencia de un fruto maduro” (de un póster). Es que, como anotó a su tiempo Federico Nietzsche, “el camino hacia todas las cosas grandes pasa por el silencio”.
Hay que saber callar, porque si a veces las palabras son de plata, el silencio es de oro casi siempre.
Un poeta de los buenos, Francisco Heriberto Orellano, escribió este bello y profundo soneto sobre el tema. Se titula:

SABER CALLAR
“Destronar el silencio es un pecado;
hablar por sólo hablar, un desatino;
tiene el silencio un génesis divino
y nació antes todo lo creado.
El silencio de Dios es valorado en el 
rumor del viento y en el trino
y en el canto que el rudo campesino
sembrando va sobre el terrón arado.
Callar, callar, callar... es muchas veces 
ponerle un dique a las estupideces
con que el mediocre su fracaso labra...
y no olvides jamás en tu existencia,
que el pensamiento es padre de la ciencia
y el silencio es el juez de la palabra”.
De una estampa: “Hacer silencio dentro de uno es darle a Dios la oportunidad de sentarse a nuestro lado”.

¡Hasta mañana!

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