Se requieren varios momentos bisagra en la Justicia para que no sea posible la acumulación de disparates que se ve en el itinerario violento de Sebastián Wagner.

 

Por Carolina Arenes (*)
Buscamos puntos de inflexión de tragedia en tragedias. El crimen que esta vez sí logre cambiar la historia. Queremos poder decir que este crimen, o este otro, marca un antes y un después. Podría haber sido el crimen de Chiara Páez, de 14 años, embarazada, asesinada a golpes en Santa Fe, el que puso en marcha el #NiUnaMenos. O el de Wanda, cuyos padres fundaron el Instituto de Políticas de Género Wanda Taddei, para ayudar a formar conciencia contra la violencia machista. ¿O el punto de inflexión debió ser el femicidio de Lucía Pérez, de 16 años, en Mar del Plata, que dio un paso más en la frontera de la brutalidad?
Buscamos puntos de inflexión como quien busca un conjuro. Algo que nos permita pensar en un “de aquí en adelante”. Un parteaguas. Una forma de arrancarle al crimen, a tantos crímenes, una reparación. Pero ya no alcanza con que sea simbólica. No alcanza con juntarnos para darnos fuerza, para decirnos que hay lucha en común, que hay abrazo, que hay horizonte. No alcanza con impugnar la cultura machista y denunciar sus abusos, su injusticia, su vigencia tanto en la superficie como en las napas más profundas de la vida social e institucional. No alcanza con decirnos que hay que tener paciencia, que los cambios culturales se toman su tiempo, que son más parecidos a la erosión constante del agua sobre las piedras que a los efectos drásticos de las tormentas.
Lo sabemos, y sin embargo, no alcanza con decirnos eso, porque el hombre que violó y mató a Micaela tenía dos condenas por violación, dos informes que desaconsejaban concederle salidas transitorias y aún así hubo un juez que, sin violar la ley, ni los códigos ni las normas procesales, pudo firmarle un permiso de salida que técnicamente, al parecer, es “ajustado a derecho”.
Tal vez no se trata nunca de un punto de inflexión, de uno solo, sino de muchos puntos de distintas trayectorias que convergen después en la repetición de los crímenes. Si un punto de inflexión es de alguna manera el fin de algo y el comienzo de otra cosa, lo que logre torcer la trayectoria vertiginosa de los femicidios será más bien una trama nueva, hecha de diversos puntos de inflexión en las distintas líneas que confluyen en la escena del crimen machista. Habrá un día un punto de inflexión en la educación, y entonces dejará de ser puramente declamativo que todas las escuelas, públicas o privadas, desde el nivel inicial, deban ocuparse de trabajar con perspectiva de género.
Y tendrá que haber varios puntos de inflexión en la Justicia para que no sea posible la acumulación de disparates que se ve en el itinerario violento de Sebastián Wagner. Días atrás, cuando una nueva marcha convocaba a las mujeres en defensa propia, se conocieron iniciativas que recogen viejas demandas y que esta vez sí, al parecer, empezarían a ponerse en marcha.
En esa nueva trama que querríamos estar tejiendo, surgida de tantos puntos de inflexión que todavía nos faltan, seguramente no quedará abolido el crimen, que es parte de la condición humana, pero sí se verían limitadas las torpezas, las negligencias y los abandonos de la Justicia. Y la situación de las cárceles. Porque entre los argumentos, incluso serios y de buena fe, que se esgrimieron para intentar darle racionalidad a la incomprensible decisión del juez Carlos Rossi, primó uno que excede las cuestiones de género. Nuestras cárceles, se volvió a explicar, son el descenso a los infiernos, a un submundo de crueldad y arbitrariedades, de violencia y de mafias, de indefensión absoluta. Y que esa preocupación, esa certeza, es lo que lleva a muchos jueces a intentar eludirla para no terminar de enterrar en vida a otro ser humano, aunque sea culpable. ¿Cuál va a ser el crimen que nos haga sentir como sociedad, a hombres y a mujeres por igual, que esta vez sí se ha cruzado una línea que nos ata a todos a la misma suerte?

(*) Nota publicada en el diario La Nacion.

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