El doble discurso y la hipocresía batallan entre un intendente incapaz, una productora desalmada y un líder que se fue de su misa rápidamente.

 

Por Gustavo Gorriz (*)

Mientras aún se rastrillaba Olavarría en la búsqueda de cinco chicos no aparecidos, mientras se enterraban los muertos y se rezaba en los sanatorios por la salud de otros, no paraban de retumbar las primeras palabras del Indio Solari advirtiendo a sus fanáticos de que los medios les estaban “vendiendo pescado podrido”.
Ni antes, ni tampoco ahora se entienden muy bien esas palabras porque las dramáticas imágenes hablaban por sí solas. Nadie tampoco podía entenderlo a D’Elía que acusaba a Mauricio Macri de intervenir para tapar sus problemas nacionales, ni a Andrés Calamaro que lo bancaba “en todas al Indio”, ni a Aníbal Fernández, asistente al recital, que aseguraba no haber visto ninguna avalancha.
Estas y muchas otras palabras de docenas de comunicadores sólo fueron palabras vanas, carentes de contenido, que intentaron dibujar una realidad que se chocaba con los cientos de miles de embarrados, con los que deambulaban sin sentido en una ciudad sitiada, sin transporte, ni alimentos, ni siquiera mínima infraestructura. Una ciudad que, creo, por todo lo visto, hasta debe agradecer que no se encendiera ninguna de las miles de chispas que pudieron generar una tragedia aun infinitamente mayor.
Las palabras del día después abundan en lo que debería haberse sabido desde antes: que aquí había imprevisión, codicia, descuido, desgano, un verdadero descriterio. Un movimiento de cuatrocientas mil personas en una ruta de una traza, que además debían alojarse, higienizarse, alimentarse; cuestiones que debieron involucrar al Estado en el control de los privados intervinientes, a autoridades provinciales y nacionales en un plan serio, con previsiones para todas las contingencias, cosa que a ojos vista jamás existió.
Porque lo que vimos fue inocultable; un escenario que tuvo un nuevo Bulacio en la morgue, miles de jóvenes sin zapatillas, ni documentos, ni dinero, intentando subir a cualquier camión como ganado, abandonados a la buena de Dios o, mejor dicho, a la buena del diablo.
Mientras tanto, y aun hoy, el doble discurso y la hipocresía batallan entre un intendente incapaz, una productora desalmada y un líder que se fue de su misa rápidamente, en avión privado, dejando a sus acólitos fanáticos en el fango. Toda una gigantesca corrupción que terminó con los más débiles durmiendo tapados con bolsas de residuos, alcoholizados o drogados a la espera del “milagro” (que seguramente pagaremos todos) que los saque de un previsible aquelarre.
La primera reacción del Indio, la del culpar al “pescado podrido” de los otros, remite a una de las más tristes y dolorosas costumbres argentinas. No pensemos que pertenece sólo al ricotero, sino que es propiedad de miles de dirigentes políticos, económicos, sindicales y culturales que convencieron a millones de que la realidad les llega deformada y que esa realidad los engaña siempre. Entonces, alguien mágicamente la utiliza según su conveniencia. Así, un día tenemos menos pobres que en Alemania, otro responsabilizamos a las corporaciones internacionales por nuestro destino, en otra oportunidad culpamos a las víctimas de Once de viajar en los vagones de adelante, o creemos que las cifras de indigencia estigmatizan a los sufrientes. Aprendimos que el discurso sirve para relativizar, para desviar hacia un culpable, para encontrar la excusa perfecta que sirve a los intereses creados de los sicarios de turno. Esos sicarios pueden variar desde la peor multinacional hasta el individuo que se manifiesta en contra de nuestras convicciones, que seguro fue conquistado por un enemigo letal a los intereses del pueblo.
La palabra, esa que nuestros abuelos se jactaban de usar para cerrar con ella un acuerdo, al que sólo se le sumaba un apretón de manos, ya no es un bien, es un artículo de consumo que se utiliza de cualquier manera. De la manera que nos justifique, que nos saque del atolladero, que nos libere de la culpa.
¡Urgente un abogado aquí! A ganar la batalla legal, a desmenuzar el contrato, a liberar de su impericia al intendente del PRO, a exonerar a la empresa irresponsable y a permitir rápido que el Indio Solari quede libre de culpa y pueda regresar a Nueva York, donde vive tranquilo, desconocido y sin el agobio de su incondicional tropa.
¡Todos contra todos! Ah, no, no todos. En esa no entra el pueblo ricotero, no entran los fanáticos, los muertos, ni los abandonados a la buena de Dios. Los “santos inocentes” que esperarán un año para volver al pogo más grande del mundo, pogo al que sin duda volverán, en ese mundo desquiciado donde la vida empieza y termina hoy.
Dicen por ahí que la canción de Los Redondos “Juguetes perdidos” fue dedicada a Walter Bulacio, quien murió luego de un recital de Los Redondos en 1991 y su caso se volvió emblemático en la Argentina. Dicen sus estofas: “Por primera vez va a robar algo más que puta guita, cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”.
Una increíble casualidad quiso que en esta tragedia anunciada otro Bulacio fuera víctima de toda esta irresponsabilidad absoluta. ¿Habrá para Juan Francisco Bulacio una nueva e inspirada canción que lo recuerde?

(*) Nota publicada en infobae.com

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