Las causas de la caída fueron consecuencia de la naturaleza autoritaria y de la praxis antidemocrática del sistema, espejo del régimen venezolano, basado en la mentira sistemática.  Padecimos un gobierno que, revestido de aparentes intenciones democráticas y de justicia social, construyó un centro de poder hegemónico al servicio de sus apetitos económicos.

 

Por Juan Carlos Cassagne (*) 

Hay quienes todavía no han llegado a comprender las razones del fracaso del kirchnerismo populista luego de su derrota en las últimas elecciones nacionales, cuando contaba con los recursos del Estado (e incluso con medios de comunicación) para perpetuarse en el poder.
Si bien el pasado no suele volver y resulta inútil restablecerlo de cara a las exigencias sociales, económicas y políticas de cada momento histórico, suministra los datos indispensables para captar lo sucedido, permitiendo contar con una experiencia acumulada que sirve para no caer en los errores en que incurrieron los gobiernos anteriores y reconocer las políticas de Estado exitosas cuya continuidad resulta conveniente mantener
Lo ocurrido representó el fracaso y la caída del sistema que imperó en nuestro país durante el gobierno del matrimonio Kirchner, que profundizó sus ejes ideológicos en los dos últimos periodos.
Las causas de la caída fueron consecuencia de la naturaleza autoritaria y de la praxis antidemocrática del sistema, espejo del régimen venezolano, basado en la mentira sistemática. Padecimos un gobierno que, revestido de aparentes intenciones democráticas y de justicia social, construyó un centro de poder hegemónico al servicio de sus apetitos económicos.
En la construcción de ese poder el régimen apeló a toda clase de instrumentos de dominación, desde la caja hasta el miedo y la extorsión, sin dudar en acudir al espionaje y a la presión judicial armando causas contra sus adversarios. Un relato mentiroso, difundido por una cadena de medios oficialistas subvencionados, hizo que muchos creyeran que imperaba la democracia cuando se montaban las bases de una dictadura populista con altísimo nivel de corrupción.
Los efectos que producen los regímenes populistas latinoamericanos radicalizados son conocidos y la mayoría (salvo el encarcelamiento de opositores) se vieron en nuestro país: inflación, aumento de la pobreza, corrupción, ataque a la prensa, narcotráfico, inseguridad, desinversión, déficit fiscal y caída del crecimiento económico. Ni la Justicia pudo escapar, con excepciones, del decadente servilismo al Ejecutivo.
Esa construcción, que procuraba la reelección indefinida, no pudo completarse y el edificio se vino abajo como consecuencia de la reacción de la prensa y los ciudadanos independientes, a la que se sumaron parte de los jueces y de las fuerzas políticas opositoras que se unieron, sin entrar en conspiraciones antidemocráticas, haciendo posible la alternancia del poder.
El conocimiento de las raíces del experimento quizás ayude a encontrar los antídotos. Su causa es la “razón populista”, adoptada por la ex presidenta y sus ideólogos con inusuales impulsos de fanatismo, incluso por aquellos adeptos que probablemente conocían muy poco acerca de las fuentes del sistema autoritario que defendían.
La principal tesis que propugna el populismo radicalizado de izquierda sostiene que una vez que un líder consigue la adhesión mayoritaria del pueblo es necesario que, para mantenerse en el poder en forma indefinida, ejerza una hegemonía total aplastando a los opositores mediante la confrontación permanente. La operación hegemónica consiste en unificar el poder mediante el apoyo de sectores que persiguen demandas sociales insatisfechas que se unen en la lucha contra lo que vulgarmente se denomina el imperialismo o capitalismo yanqui, aunque nadie se atreve a definirlo con precisión.
Este “chavipopulismo” presenta como rasgos dominantes el decisionismo del líder y una lógica amigo-enemigo cuyo objetivo es la destrucción del adversario que, cuando no se lleva a cabo mediante la violencia, apela a todos los métodos autoritarios posibles. Con su habitual arbitrariedad, el régimen impuso un populismo de masas irresponsable caracterizado, como diría Ortega, por “la vulgaridad en el poder público”.
Aunque estuvimos a un paso de consagrar la “razón populista” como política en todo el país, la mayoría de los argentinos terminó demostrando, en las urnas, que la democracia no tiene retroceso. Librados del populismo radicalizado, comienza la reconstrucción.
La mecha populista se enciende cuando se activan el deterioro institucional y la proliferación de demandas sociales insatisfechas. Esto es lo que debemos evitar y reconforta que el Gobierno y la oposición hayan empezado a recorrer el camino del consenso y puedan concordar sobre políticas de Estado que consoliden la democracia y su principio basal, que es la separación de poderes.

(*) Profesor EmErito de la UCA.
 Nota publicada en el diario La Nación.

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